James Wathen había dejado de comer. Frágil y con excesiva dificultad para hablar, el hombre de 73 años le susurró a uno de los trabajadores del centro asistencial que echaba de menos a su perro, un Chihuahua tuerto que no había visto desde que los paramédicos lo llevaron a un hospital de Kentucky, Estados Unidos, unas semanas atrás.
